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¡Ya es el colmo! #2

No sean así! ¿Qué opinan? ¿Qué país le deja AMLO a Claudia Sheinbaum? 🤓

¡No sean así! (2024, 11 junio). http://www.instagram.com. https://www.instagram.com/p/C8GBA98t1K6/

En esta ocasión hablaremos de un tema en específico: la memoria histórica y la manera en que Hernán Cortés sigue siendo utilizado como combustible político por sectores de la izquierda en México.

Otra vez estoy hablando de este inolvidable personaje, Hernán Cortés. Es interesante que un personaje de hace quinientos años pueda seguir siendo el antagonista número uno de todo un régimen político. Más interesante aún es que México siga teniendo una relación tan conflictiva con la realidad de sus propios orígenes como pueblo. Más allá de que se pueda odiar o no a un personaje histórico, la relevancia que Hernán Cortés tiene para esta nación es indudable. El mestizaje que surgió en estas tierras hace quinientos años produjo una realidad cultural que hoy seguimos disfrutando: la identidad hispanoamericana. Sin embargo, esta parte de nuestra historia es constantemente atacada, subestimada o presentada únicamente desde una perspectiva negativa. Por eso, esta entrada no pretende ser solamente una defensa de Hernán Cortés, sino una reflexión acerca de la memoria histórica y de la obsesión que existe por modificarla mediante símbolos, nombres y discursos políticos.

Esta entrada la realicé por una noticia que, más que nada, me da mucha risa, porque la presidente de México, Claudia Sheinbaum, hizo un anuncio informal acerca de rebautizar el Paso de Cortés como Paso de los Pueblos Indígenas. Es curioso porque surgen dos problemas esenciales que entorpecen siempre estas acciones de rebautizar algo.

El primero es el histórico: no tiene ningún sentido ponerle ese nombre porque el personaje histórico que cruzó entre los volcanes fue Cortés, con sus hombres y sus aliados. No le veo el sentido a esta acción; no es más que cinco minutos de fama mediática para tapar alguna marranada de su partido político.

El segundo problema es el del imaginario social. Este creo que es el más importante, porque nos hemos dado cuenta de que, cuando un nombre se impregna en los recuerdos y en el día a día de la gente, es prácticamente imposible cambiarlo. Como lo que sucedió en el reciente Mundial de 2026, cuando cambiaron el nombre del Estadio Azteca a Estadio Banorte: todo mexicano seguirá diciéndole Estadio Azteca. Lo mismo ocurre con la ocurrencia del presidente Trump al querer rebautizar el Golfo de México como Golfo de América. Es una ocurrencia de tan mal gusto que incluso termina quitándole seriedad al puesto presidencial. Un nombre puede modificarse oficialmente, pero eso no significa que automáticamente desaparezca del imaginario colectivo.

Trump plantea cambiar el nombre del golfo de México a "golfo de América" -  Alto Nivel

Trump plantea cambiar el nombre del golfo de México a “golfo de América”. (s. f.). altonivel.com.mx. https://altonivel.com.mx/donald-trump-plantea-cambiar-el-nombre-del-golfo-de-mexico-a-golfo-de-america/

Algo similar ocurrió con los lugares que llevaban el nombre de Díaz Ordaz se retiraron las placas de los metros de la CDMX porque llevaban el nombre del presidente Gustavo Díaz Ordaz. Una completa estupidez, porque esto no quita el hecho de que el Metro fue obra de ese presidente. Otro caso, pero ahora en España, es la retirada de placas en viviendas construidas durante la época de Francisco Franco. Otra vez, esto no quita el hecho de que esas viviendas se edificaron por órdenes de Franco. Y así me podría ir en cada país. Es una tontería querer tapar la historia con un dedo. La memoria histórica no desaparece porque se retire una placa, se cambie el nombre de una calle o se elimine un monumento. Al contrario, muchas veces estos intentos terminan recordándonos todavía más aquello que se pretendía olvidar.

Retiro de placas

Las placas vinculadas al gobierno de Gustavo Díaz Ordaz son retiradas del Metro. (2018, 1 octubre). expansion.mx. https://expansion.mx/nacional/2018/10/01/las-placas-vinculadas-al-gobierno-de-gustavo-diaz-ordaz-son-retiradas-del-metro

Además, el trasfondo de querer cambiar los nombres suele estar relacionado con el populismo y las agendas políticas. Es un capricho que no se les podrá cumplir completamente a este grupo de personas, porque la memoria colectiva no funciona mediante decretos.

Otro punto que creo que se debe tocar es la parte del racismo; no el típico y caricaturizado racismo contra los negros, sino el verdadero y escurridizo racismo, el que se infiltra y pasa desapercibido. Menciono esto porque también existe una tendencia a interpretar la historia de México desde perspectivas externas que terminan reduciendo nuestra propia historia a categorías demasiado simples. Esto puede ocurrir tanto con extranjeros como con mexicanos. El problema no es el lugar donde nació una persona, sino la manera en que utiliza su posición para juzgar una cultura que quizá no comprende en toda su complejidad. Un extranjero puede estudiar México, quererlo, conocerlo y aportar muchísimo a su cultura; eso es indudable. Pero también puede ocurrir lo contrario: alguien puede llegar a México con una visión preconcebida y tratar de interpretar nuestra historia únicamente desde categorías ajenas, presentando elementos fundamentales de nuestra identidad como si fueran algo que debería desaparecer. Esto resulta especialmente problemático cuando se intenta “mejorar” México atacando algunos de sus propios cimientos culturales: el idioma, la religión, la arquitectura, las tradiciones y la herencia mestiza.

Justo esto me hace pensar en algo que me sucedió en la universidad. En una discusión acerca de un proyecto arquitectónico salió a colación el tema de los españoles y de la Conquista. Para mí era un tema que no tenía sentido en ese momento, porque el objetivo era revisar un proyecto de arquitectura. El tema de los españoles apareció porque mi proyecto reflejaba una arquitectura virreinal que, al parecer, al profesor no le agradaba. Mi reacción al escuchar esta frase: “Esta arquitectura representa el pasado oscuro de estas tierras, esclavitud y muerte; no se debe repetir”, fue negar ese comentario porque considero que es una interpretación falsa y demasiado simplista. Sin embargo, mi interés en pelear era bajo porque sabía que nunca convencería con palabras al profesor. Así que le comenté que no estaba de acuerdo, pero que no era el momento de hablar de ese tema porque me parecía más apremiante la revisión de mi proyecto. En seguida de mi comentario, el profesor me tachó de ignorante por haber opinado en contra suya. Mi reacción fue más tajante y le empecé a dar datos, pero muy en el fondo el sentimiento que tenía acerca de esta experiencia era enojo, porque considero que mi profesor estaba siendo arrogante y de cabeza cerrada. Lo que más me molestó no fue que tuviera una opinión diferente a la mía, sino que utilizara una interpretación histórica como argumento para descalificar una propuesta arquitectónica y, posteriormente, humillar a un alumno por cuestionarla.

Regresando al tema de Hernán Cortés, es sorprendente que hoy en día siga siendo un tema de atractivo político para generar división y tela política. Para mí, me es irrelevante que el presidente de México trate de cambiar el nombre del Paso de Cortés, el Mar de Cortés, la Plaza de la Noche Triste, una calle o una colonia, porque en realidad no cambia el hecho de que Cortés estuvo aquí.

Tampoco soluciona la situación de miseria en la que viven muchos indígenas. Cambiar un nombre no construye hospitales, no mejora las escuelas, no genera empleos y no resuelve las condiciones de pobreza. Es un movimiento populista que fomenta la sensación de que se está produciendo un cambio profundo cuando, en realidad, solamente se está modificando un símbolo.

Y quizá ese sea precisamente el problema: se pretende solucionar la memoria histórica modificando los nombres, cuando la historia no necesita ser borrada, sino comprendida.

Para concluir esta entrada, rebautizar un lugar o un objeto es tonto si se pretende con ello borrar su significado histórico, porque no es algo que se pueda eliminar de un plumazo. La historia y la memoria colectiva anteceden a todos estos personajes populistas. Dentro de algunos años probablemente veremos como algo curioso estos torpes intentos de Trump, AMLO, Sheinbaum, Pedro Sánchez y demás politiquillos que intentaron dejar una marca en la historia mediante cambios de nombres, monumentos y símbolos. Quizá el resultado sea justamente el contrario al que buscaban: que sus decisiones terminen siendo recordadas como ejemplos de la manera en que los políticos intentaron controlar la memoria histórica. Porque, al final, un político puede cambiar un nombre, pero no puede cambiar aquello que ocurrió.